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Literatura

Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau — una nota de lectura

Noventa y nueve formas de contar la misma escena en un autobús: la apuesta formal de Queneau, su deuda con la fuga de Bach y el origen de OuLiPo.

· Redacción Enfocarte

Composición editorial pictórica con un patrón rítmico de figuras de autobús en tinta y aguada, en tonos vino oscuro y crema, evocando una variación musical repetida.
Composición editorial pictórica con un patrón rítmico de figuras de autobús en tinta y aguada, en tonos vino oscuro y crema, evocando una variación musical repetida.

Hay libros que se citan más de lo que se leen y libros que se leen más de lo que se citan. Ejercicios de estilo ocupa, con cierta picardía, las dos posiciones a la vez. Publicado por primera vez por Gallimard en 1947, y traducido al castellano por Antonio Fernández Ferrer para la editorial Cátedra en 1987, el experimento de Raymond Queneau se ha convertido en un pequeño clásico técnico: un manual involuntario sobre lo que la lengua francesa —y, por extensión, cualquier lengua europea— puede hacer con un incidente prosaico.

El argumento, si es que lo tiene

El argumento es tan deliberadamente menor que conviene resumirlo aquí, como hace cualquier edición del libro: un hombre joven, con un cuello demasiado largo y un sombrero de fieltro rodeado por un cordón en lugar de cinta, sube al autobús de la línea S en hora punta. Discute con otro pasajero al que acusa de pisotearle. Cuando alguien deja libre un asiento, se lanza a ocuparlo. Dos horas más tarde, el narrador vuelve a verlo en la plaza de Roma, frente a la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconseja subir un botón del abrigo. Eso es todo.

Queneau cuenta esa escena noventa y nueve veces, con noventa y nueve procedimientos distintos. Hay versiones en alejandrinos, en sonetos isabelinos, en argot parisino, en hipálages, en notación matemática, en futuro imperfecto, en passé indéfini, en latín macarrónico, en jerga forense, en propaganda editorial. El catálogo es, al menos en apariencia, exhaustivo de los recursos retóricos disponibles para un escritor educado en la tradición clásica francesa.

Bach al fondo

En la presentación a la edición de 1963, recogida en la traducción de Fernández Ferrer, Queneau explica que la idea le vino escuchando con Michel Leiris una interpretación del Arte de la fuga en la sala Pleyel, a finales de los años treinta. Lo que les interesaba no era el contrapunto en sentido estricto, sino la construcción de una obra entera a partir de variaciones que proliferan, hasta el infinito, en torno a un tema deliberadamente nimio.

La analogía es importante porque desplaza el libro de la mera virtud humorística. Si los Ejercicios producen risa, lo hacen como puede producirla un canon barroco: por la sorpresa de oír la misma voz aparecer transformada. Y producen además otra cosa, más difícil de nombrar: una conciencia de que la lengua tiene un fondo de elasticidad casi obscena, que cualquier anécdota cotidiana puede sostener cien veces sin agotarse.

OuLiPo y la herencia

Doce años después de los Ejercicios, en 1960, Queneau fundó con François Le Lionnais el Ouvroir de Littérature Potentielle (OuLiPo), grupo que reunió a matemáticos y escritores —Georges Perec, Italo Calvino, Jacques Roubaud, Harry Mathews, entre muchos otros— en torno a una hipótesis: la literatura podía escribirse, deliberadamente, bajo restricciones formales explícitas. La hipótesis no era totalmente nueva (los trovadores ya escribían bajo restricciones, y los sonetistas también), pero el grupo le dio una formulación moderna y sistemática.

Los Ejercicios de estilo son, en retrospectiva, el ensayo preliminar de esa idea. No proponen una restricción única que recorra todo el libro, sino noventa y nueve restricciones distintas, una por capítulo. El libro funciona así como una pequeña enciclopedia operativa de las formas que OuLiPo iba a teorizar a partir de los años sesenta.

El problema de traducir noventa y nueve veces

Cualquier traducción de los Ejercicios es una hipótesis sobre qué quiere decir «equivalencia» en literatura. La versión castellana de Fernández Ferrer (Cátedra) opta por la fidelidad al procedimiento: cuando Queneau escribe «Distinguo» —un juego de homofonías aproximadas en francés—, el traductor entrega un texto en español que también juega con homofonías, aunque no sean las mismas. La versión italiana de Umberto Eco (Einaudi, 1983) procede de manera análoga, y discute esa decisión en una nota final que ya es lectura obligatoria.

Esa elección tiene una consecuencia interesante: cada traducción es, en cierto modo, un ejercicio número cien, ciento uno, ciento dos. Leer los Ejercicios en castellano no es leer a Queneau; es leer una conversación entre Queneau y su traductor. El libro nunca pretendió otra cosa.

Qué queda hoy

Lo que sobrevive del libro, más allá del placer técnico, es una idea operativa que ha irradiado lejos de la literatura: la de que el contenido es relativamente indiferente y la forma es la verdadera matriz del sentido. Esa idea, formulada de manera mucho más austera por el formalismo ruso de Shklovski y Tinianov, se vuelve en Queneau una broma sostenida y, a fuerza de sostenerla, una pequeña teoría.

Hoy un lector que abra el libro por primera vez encuentra una colección que parece anticipar el remix, el meme, la variación digital: cien versiones de un mismo gesto, cada una iluminando una capa distinta de aquello que el gesto original solo contenía en potencia. Que ese lector descubra después que la idea ya estaba en un libro francés de 1947 es parte del placer.

Para seguir leyendo

  • Raymond Queneau, Exercices de style, Gallimard, 1947 — ficha en Gallimard.
  • Raymond Queneau, Ejercicios de estilo, ed. y trad. de Antonio Fernández Ferrer, Cátedra (colección Letras Universales), 1987 (ISBN 978-84-376-0607-1).
  • Página del autor en el sitio oficial de OuLiPo.

Preguntas frecuentes

Sobre esta lectura

¿Qué edición castellana de los Ejercicios de estilo conviene leer primero?
La traducción de Antonio Fernández Ferrer publicada por Cátedra en 1987 (colección Letras Universales, ISBN 978-84-376-0607-1) sigue siendo la edición de referencia en castellano. Reproduce las noventa y nueve variaciones y añade un aparato crítico con la presentación de Queneau a la edición Gallimard de 1963.
¿OuLiPo se fundó al mismo tiempo que se publicó el libro?
No. Los Ejercicios de estilo aparecieron en Gallimard en 1947; el Ouvroir de Littérature Potentielle fue fundado por Queneau y François Le Lionnais en 1960. El libro funciona, en retrospectiva, como un ensayo preliminar de las restricciones formales que el grupo iba a teorizar a partir de los años sesenta.
¿Por qué Queneau eligió Bach como antecedente?
Según la presentación de la edición de 1963, la idea le vino escuchando con Michel Leiris una interpretación del Arte de la fuga en la sala Pleyel. No le interesaba el contrapunto en sentido estricto, sino la construcción de una obra entera a partir de variaciones que proliferan sobre un tema deliberadamente menor.
¿Cómo se traducen los juegos fonéticos del libro?
Cualquier traducción de los Ejercicios es, en sí misma, un ejercicio número cien. La versión castellana de Fernández Ferrer y la italiana de Umberto Eco (Einaudi, 1983) optan ambas por la fidelidad al procedimiento: cuando Queneau juega con homofonías francesas, el traductor entrega un texto que juega con homofonías equivalentes en la lengua de llegada.