Paco Ibañez - En vivo en el Olympia de París
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Con suerte, al hablar con un pintor te mostrará
algo de su obra nueva. Con mucha suerte, al conversar con un
escritor te leerá un texto inédito. Con toda la
suerte, al platicar con Paco Ibañez cantará a
capella una canción que está a punto de terminar.
Ya que es intraducible a palabras la música que propone,
vayamos al diálogo.
-Comencemos por sus maestros de guitarra. ¿Quiénes
fueron?, ¿qué lo enamoró del instrumento?
-El primer acorde, re mayor, me lo enseñó
un amigo cuando toda mi familia pasó a Francia. El cantaba
rancheras y otras canciones mexicanas. Se llamaba Pepito. Luego
mi padre me sugirió que aprendiera violín. Estuve
seis meses intentándolo y lo dejé. Me atraía
la guitarra. Me decidí por ella. En París mi padre
conocía un músico de nombre Francisco Gil y con
él empecé a aprender ya en plan académico.
Tenía entonces 18 años. Ahí comencé
a hacer arpegios y escalas y a estudiar varias técnicas.
Atesorar las enseñanzas de Brassens
-¿La composición viene al
mismo tiempo?
-Mucho más tarde. Verás, si llegué
a París a los 18, comencé a tocar acompañando
a Carmela, la cantante, y luego trabajé con Soto, el
pintor, que se ganaba la vida con la música. Me metí
en el mundo de la canción, descubrí la obra de
Brassens y vi que le ponía música a poetas franceses.
Eso fue como si me hubiera dado el permiso para hacerlo yo también.
''El primer poema que trabajé fue aquel de Góngora
que dice 'dejadme llorar a orillas del mar'. Ahí empecé.
Luego Góngora me presentó a García Lorca,
y él a Alberti y éste a Quevedo. Así he
ido, de poeta en poeta hasta hoy.''
-Coincidió con Brassens. ¿Qué tanto
se frecuentaban?, ¿fueron amigos?
-Nos quería mucho a mi hermano y a mí.
A menudo íbamos a verlo. Pero decir que fuimos amigos,
que compartimos juergas o comidas, pues no. Nos veíamos
y dejó las puertas abiertas. Siempre estuvo cuando lo
busqué.
''La última vez que lo vi fue cuando acudí
a su casa para presentarle las canciones que traduje de él
al castellano. La imagen final que tengo de Brassens es de ese
día en que tomó la guitarra y me enseñó
cómo hacer ciertos acordes. El era poseedor de una gran
sabiduría musical, de un feeling y un ritmo que todavía
le envidio. Era capaz de colocar las letras de modo que se apreciaban
bien sentadas en la música. Yo le pregunté cómo
hacía eso y él me lo mostró. Haberlo conocido
es un tesoro que llevo dentro. Si hay una persona en la que
sean lo mismo el creador y el ser, esa persona era Brassens.''
-Una característica de su obra es
la economía. No hay alarde al tocar la guitarra. Es lo
opuesto al barroquismo. Su música está llena de
silencios.
-Eso es poner la notas que tienen que estar.
A las que no, les digo que se vayan a pasear o a otra canción.
Podría lucirme más con la guitarra, eso lo sé,
pero no tengo ganas. No quiero que digan que toco muy bien la
guitarra. Si lo dicen o lo piensan, que sea después.
Distraer a las personas con el virtuosismo o con las facultades
no es bueno. Y esto tampoco es un acto de humildad, es servir
a la canción en su totalidad. Si hago una nota más
sólo para lucirme, estoy traicionando mi trabajo. A lo
mejor es severidad. No sé cómo llamarlo, pero
nunca haré una nota más de las que pienso que
tiene que haber.
''Y aparte hay otra cosa: fíjate tú que estoy
cantando ahora de una forma distinta a la de antes. Sé
que la gran escuela es el tiempo siempre y cuando le pongas
interés. Durante cantidad de conciertos nunca quedé
a gusto. Me decían que estaban bien, pero no, no era
eso, hostias. Entonces, venga a buscar. Y así pasaron
años y años. La madre que parió a los años.
Y yo, buscando. Por fin lo he logrado. Me explico: ya no canto
para que me oigan sino para que me sientan. Puedo cantar cerca
del micrófono y se me va a escuchar mucho más.
Pero lo que se oye es el cuerpo de la voz y quiero que salga
el alma de la voz, a ver si esto se entiende. Ahora me compré
un micrófono muy sensible y el alma a la que me refiero
sale si canto de lado. Entonces busco el punto para que el sonido
sea el que quiero. Esa es mi convicción. Claro que se
me escucha menos. Muchos dirán que tengo carencia de
voz, pero no es verdad, tengo la voz mejor que nunca. Hago lo
mismo que con la guitarra: no hay alarde. Deseo que cuando me
escuche alguien diga: hostias, qué canción".
-Pensé que el concierto en el Olympia
de París ya había sido un trabajo redondo. De
eso han pasado 30 años. ¿Aún así
continuó buscando el matiz que necesitaba?
-Lo que ocurre es que hay otro aspecto que juega
aquí: el concierto del Olympia fue efectivamente en el
69, y había una efervescencia y una fiebre de acontecimientos.
Y entonces no se trataba de desechar pero sí de arrinconar
un poco estos detalles de los que hablamos ahora, eso de hacer
las notas justas o no. En el Olympia, más importante
que cantar, era estar ahí juntos. Cada canción
era un pretexto para que las personas manifestaran sus creencias,
su sensibilidad, su posición política o su rabia.
Ahí serví de instrumento para que los seres, que
cantaron más que yo, dijeran lo que necesitaba decir.
Clamar y manifestarse
''Hoy las cosas son distintas: el que sube al
escenario y el que canta soy yo. Si logro llegar hasta el público,
pues recibe lo que doy y se lo lleva. Antes no me preocupaba
tanto el detalle o el perfeccionismo. Déjame ser claro:
digo perfeccionismo y me refiero a la mejor manera de expresar
lo que quiero. Desde el Olympia para acá me he tardado
por lo menos 25 años en conseguir lo que quiero. Es la
leche, si te pones a pensar.''
''Durante 25 años canté frustrado.
Había una urgencia tal en España que ya no te
fijabas en si todos los elementos de la canción eran
idóneos. Se trataba de cantar, de estar ahí, clamar
y manifestarse. Después las cosas se han colocado, digamos,
en su lugar. Si después de la muerte del monstruo hubiera
habido un intento de realizar todo aquello que se quería,
solidaridad, justicia y memoria de la que estamos cargados,
si hubiéramos intentado hacer algo así en España
a lo mejor continuaría arrinconando mis deseos de perfeccionismo
para ser un instrumento de actividades de tipo social. Pero
como eso no ocurrió, lo único que puedo dar son
las canciones, la emoción y que cada cual la maneje como
vaya de acuerdo con su conciencia o su dignidad. No me hago
cargo de lo que haga cada uno con la emoción que, si
bien me va, consigo transmitir. La emoción sí
que es un arma cargada de futuro".
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