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La nieve en los manzanos
El pulso de los muertos
El pulso de los muertos
retumba insoportable
en los armarios,
ya no sabemos dónde guardar
nuestra comida hecha relámpagos.
Abrasados en llanto,
el menor de los pájaros
es más fuerte que nosotros.
En medio de todo esto
En medio de todo esto,
los niños siguen arrojando
sus caídos dientes a la luna,
suplicando nuevos alfabetos de hueso
para nombrar la vida.
El tiempo de las plantaciones
En invierno,
al llegar el tiempo de las plantaciones,
me gusta contemplar
ese desfile de jardineros desarmados
cruzando la ciudad,
llevando sobre sus hombros
en lugar de fusiles
árboles dormidos.
Esa imagen es para mí
tan hermosa
que vence toda la sinrazón
de la barbarie en la que estamos,
algo así
como asistir a la poderosa fragilidad
de las raíces de la menta
levantando las piedras.
Dos mariposas blancas
Aquella noche la abuela trajo dos mariposas
blancas
y las colocó sobre los ojos del durmiente,
más tarde, cuando tras la cabeza de la luna
asomó frío el aullido del lobo,
los sueños de aquel hombre
que dormía bajo las mariposas,
nos ayudaron a crecer en la serenidad.
No de este modo
No será desde luego
hundiendo el tenedor
en el corazón de las golondrinas
como nos alimentaremos de libertad.
Inéditos
[Amigo]
Amigo, hagámonos una confidencia
ahora que parece no nos observan los gastrónomos,
que montaña de huesos cubriendo los
párpados del día!
no se te ocurra tocar el hígado de la oca,
las sagradas tripas del cerdo,
los ojos del pez extinto,
las cuencas vacías del tiempo.
Arrodíllate,
sólo arrodíllate
ante la muerte servida en vajilla de plata
y sé silencio como ellos
"serás uno de los nuestros"
te dirán entonces.
Aunque puede que nada de esto ocurra
y un buen día se fijen en tu talla
y te trituren el hígado,
y seas un bonito mártir
extendido en rebanadas.
Ciertamente el aire huele a comida hasta la
náusea.
[Nuestras señas de identidad]
Nuestras señas de identidad son un
pesado lastre.
El mundo comienza en nuestro ombligo.
Los árboles mueren por nuestra mano
en nuestros aposentos más íntimos.
En nuestra heredad de sangre, el bautizo del día.
Cal viva nuestro destino,
Inútilmente nos esperamos en todos los muelles del
mundo.
Nosotros, hijos de este siglo,
vestidos de brillo,
menos que nada.
***
La libre posesión del dolor, su dulce
sombra, rehaciéndonos, de nuevo, diminutos.
***
La aceptación de la niebla que somos,
como camino imprescindible para penetrar dentro de nosotros
mismos, no como quien lo hace en un paisaje terminado, conocido,
sino como quien se adentra en una geografía extranjera.
***
Experimentar el tiempo, todo el tiempo, incluso
el de la actividad alejada de la literatura, como meditación,
como lectura reposada del mundo. Conciencia del ser desde un
ritmo lento. El tiempo como creación.
***
Asistiendo a la barbarie cotidiana, el instante
tiene la turbulenta inseguridad de lo inestable y amenazador.
En mi inexperiencia del horror futuro, me reconforta pensar
que también a mis antepasados les tocó vivir un
tiempo semejante. En su recuerdo me fortalezco. La Historia
como ser circular, el presente como resistencia poética
en la repetición.
***
Un poema no es un trozo de madera, no tiene porqué
plegarse a medir 7 X 3 centímetros sobre el folio. Hay
magníficos poemas de una sola línea, de una sola
palabra o de ninguna, como la imagen de un niño en medio
de la tormenta junto a la orilla de un río embravecido
arrojando pedacitos de pan bendito a sus crecidas aguas para
clamarlas.
***
Permanecer en la inquietud, permanecer en la
inquietud, no quiero ser sorprendida. Apaciento mi sombra en
los lugares más inseguros del pensamiento. Oigo crecer
mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado.
***
Nombrar la realidad de mi país con un
lenguaje alejado de la costumbre, por ejemplo a través
del lenguaje especializado de los forenses.
***
Mi país, círculo de espantapájaros
donde arder.
***
Cuanto más atruenan himnos, más
se afianza el silencio creciendo en nuestras calles.
***
La constante interrogación del desarraigo,
del extrañamiento del ser en el mundo. Sólo después
de la fiebre y el dolor de las preguntas sin respuesta se puede
hallar la serenidad en el total desvalimiento. Desde la humildad
de la ignorancia, el misterio del ser se convierte entonces
en cobijo.
***
(1) Poemas pertenecientes al libro Al calor de un lápiz,
editado por Orientación Norte. Este volumen reúne
los libros Centauro (1989), La edad de los bárbaros
(1997), La nieve en los manzanos (2000), Inéditos
(2000)
(*) Julia Otxoa (www.juliaotxoa.net) nació en 1953 en San Sebastián
(Guipúzcoa). Poeta y narradora, tiene varios premios
en su haber. Colaboradora habitual en prensa y revistas, lo
hace actualmente en el Diario Vasco de San Sebastián;
Diario Bilbao; revista Leer de Madrid; Zurgai,
de Bilbao; Texturas, de Vitoria; Corydon, Universidad
de Málaga; etc. Habiendo publicado hasta ahora los
poemarios: Composición entre la luz y la sombra
(1978); Luz del aire (1982) en colaboración
con el escultor Ricardo Ugarte; Cuaderno de Bitácora
(1985); Centauro (1989); Antología poética
(1989); siendo autora a su vez de los estudios: Poetas
Vascas (1990), y Narrativa corta en Euzkadi (1992).
Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías,
como Los 23 (poetas y dibujantes vascos); Homenaje
a Picasso y Quevedo; Poetas españoles Contemporáneos;
Antología Poética vasca (VOSA, 1987);
Autores vascos de E. Amézaga; La luz inextinguible
(Ensayos sobre literatura vasca actual) de Juan José
Lanz; entre muchas otras obras.
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