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De un tirón se arranca la manga del
pulóver y se mira la mano como si no fuese suya,
pero ahora que está fuera del pulóver se ve que
es su mano de siempre y él la deja caer
al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será
meter el otro brazo
en la otra manga a ver si así resulta más sencillo.
Julio Cortázar
Hay una anécdota miserable: -Yo, el Rey, soy capaz de
matar a mis súbditos con este dedo; puedo dirigir guerras,
decapitar cortesanos y gobernar. Y el bufón, aprovechando
que el Rey tenía su brazo extendido y su ánimo
excitado, azotó la puerta sobre su mano, que sangró.
Allí se acabaron el poder del Rey y el humor del bufón.
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No es nueva la admiración del hombre por
la mano. Quizá la más antigua manifestación
artística relativa a las manos sea la de Francia, en
las cuevas de Chauvet. Esas pinturas paleolíticas reflejan
por vez primera la conciencia del dominio técnico: el
hombre advierte que sus manos son el instrumento sin el cual
es imposible transformar la realidad. Por eso observa Hegel
en su Fenomenología: "pues lo interior, en
cuanto es en el órgano, es la actividad misma. La boca
que habla, la mano que trabaja y, si se quiere, también
las piernas, son los órganos realizadores y ejecutores,
que tienen en ellos la acción..." El filósofo
más adelante agrega: "Y que la mano debe representar
el en sí de la individualidad con respecto a su destino
se ve fácilmente considerando que la mano es, después
del órgano del lenguaje, el que más permite al
hombre manifestarse y realizarse."
La mano es lo que el hombre hace: si miro tus
manos te diré quién eres: un burgués si
cuidadas, un campesino si curtidas y maltratadas. En la mano
está presente el hombre porque la anima. Remedo a Hegel
una vez más: y puesto que el hombre es originariamente
su propio destino, es natural que la mano exprese al hombre.
Los quiromantes agregan: la mano expresa también el destino
del hombre.
Existen por eso lenguajes para las manos. Los
mudos no tienen otra manera de comunicarse; incluso si escribieran
sus palabras estarían ya utilizando las manos. Es también
cotidiano ora el reto, ora el halago, ora el gesto obsceno.
Basta un sutil movimiento de la mano para que el humor se nos
estropee por el resto del día. La mano es, vuelvo a Hegel,
lo que nos manifiesta con mayor fidelidad justo después
de la lengua. Agrego yo: y también los ojos y el rostro.
Es fácil descubrir a una persona observándole
la faz, la mirada o las manos.
El pianista requiere dedos gráciles y largos,
como garzas bailarinas, que se desplacen con agilidad y precisión
sobre el teclado de madera. El joyero, al desempeñarse
en un oficio de miniaturas y detalles, ostenta manos exactas.
Lo mismo el cirujano o el relojero. En cambio, el jinete, el
agricultor, el obrero o el minero requieren más la fuerza
y la destreza que el cuidado de los detalles. Creo que, en este
sentido, los deportes han logrado combinar las dos particularidades.
Nolan Ryan, por ejemplo, gozó de una fuerza espectacular
y de una sorprendente precisión. Lo mismo podemos decir
de Michael Jordan, de los asiáticos profesionales del
ping pong, de Andre Agassi o Joe Montana.
Algunos movimientos de la mano son ya iconos culturales.
Hitler recuperó para el Dritte Reich el antiguo
ave! romano, dirigido exclusivamente al Cæsar.
O el dedo pulgar extendido hacia el cielo y el puño cerrado
significa, aquí y en las antípodas, un raid.
Con el dedo índice se señala, sin importar la
distancia ni el objeto. Con ese dedo Colón descubrió
América, los padres adoctrinan a sus hijos en los misterios
astronómicos, y la víctima señala a su
agresor. Nuestro dedo índice ha señalado la cicatriz,
ha instado al silencio, ha sacudido las lágrimas de los
ojos y devuelto el aliento a la fatigada madre. Todos los pintores
han representado a san Juan Bautista señalando con su
índice a "aquel de quien no soy digno siquiera de
desatarle las correas de sus sandalias".
La mano entera fue la condenación de Midas.
Midas, a mi juicio, no es el prototipo del avaro o el codicioso,
sino del imprudente. Su idea era genial. Le faltó previsión.
Debió haber puesto una restricción: "Todo
lo que tocare con mi mano izquierda..." o quizá
"Todo lo que tocare mi dedo meñique..." A diferencia
de Midas, nosotros habitamos en las manos de los demás.
Atlas sostiene en su espalda, hombros, brazos y manos el globo
entero. El catolicismo recuerda a los fieles que su vida está
en las manos del Señor y que ha de ser dócil como
el barro en las manos del alfarero. Cuando algo nos rebasa se
sale de nuestras manos, por lo que pedimos ayuda y nos ponemos
en las manos de los demás.
Tengo muy vivo el recuerdo del pie de san Pedro
en la Basílica Vaticana. A fuer de tocarlo, acariciarlo,
venerarlo, el pie ha desaparecido y, en su lugar, pareciera
que san Pedro calza un simpático y diminuto zuequecito.
Las manos también borran las efigies de las monedas y
los barandales de las escaleras.
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En las manos radica no sólo la capacidad del trabajo
sino también el poder. En la cabeza y en las manos. Por
eso las cabezas regias portan coronas y, como notaba el Rey
burlado por su bufón, sus manos sostienen el orbe real
y el cetro. Basta la mano para gobernar. Pero gobernar bien
implica el concurso de la mano y la cabeza, del cetro y la corona.
Resulta natural que los militares saluden llevándose
la mano a la cabeza, a la frente precisamente, porque la frente
es la zona "despejada" de la cabeza. Con razón
decía Víctor Hugo que "mucha frente en un
rostro es mucho cielo en el horizonte". Y el gesto cotidiano
de levantar la mano abierta hacia el amigo que encontramos casualmente
tiene también raíces castrenses: de ese modo se
le deseaba la paz al otro. La mano se abría para que
quedara patente que la espada no dividía la relación.
Una mano limpia, clara, sin utensilios, instrumentos ni armas.
La mano sola. Desnuda, sin intermediarios. Ni siquiera con guantes.
Por eso se jura con la mano. También abierta, también
vacía. Y se jura sobre un libro, porque los libros representan
las ideas que figurativamente residen en la cabeza. He allí
el parecido entre un saludo y un juramento. El guante es el
principal obstáculo de la mano. Puede enguantarse la
mano para esconder un defecto físico o protegerla. La
mano refugiada en el guante es, sin embargo, una mano sospechosa.
Por eso los duelos comienzan con un guantazo: porque las raíces
de todo duelo son rencorosas. Por eso también los ladrones
y criminales maniatan a sus víctimas. Por eso, finalmente,
los policías les esposan las muñecas. El lazo
en las manos es la impotencia más completa. Sólo
los criminales y torturadores, abusivos, vendan los ojos y la
boca.
Jurar es un acto que remite de inmediato a lo
sagrado. Dios prohibió a Moisés el juramento.
Con sus manos, Moisés rompió el becerro de oro,
luego abismó el Mar Rojo y, por último, señaló
la tierra prometida. Pero Moisés jamás pudo señalar
a Dios. Sólo le vio, en forma de fuego, y le escuchó.
En cambio, los mercaderes sí que sintieron los azotes
de Jesucristo cuando les expulsaba del Templo. Dicen los evangelistas
que el látigo lo fabricó "con sus propias
manos". También con sus manos Jesús escribió
en la tierra un sábado por la tarde, trabajó en
el taller de José cuando niño, señaló
las pirámides de Egipto, curó enfermos "imponiéndoles
las manos", bendijo el pan de la Última Cena. Sus
manos fueron traspasadas por los clavos y por los dedos del
incrédulo Tomás. "Que tu mano derecha no
sepa lo que hace tu mano izquierda", recomendaba.
Para la moral, la mano es un elemento de especial
atención. Los musulmanes, se dice, cortan las manos de
los ladrones. La mano sirve para injuriar, asesinar, torturar,
manosear y, en el extremo contrario, para acariciar, bendecir,
adorar, amar. Quien acaricia utiliza sus manos de manera muy
diferente a quien manosea. Porque en la mano está presente
también la intención, como presente está
la intención en el tono de la voz.
Para el cristiano, la mano del sacerdote es bendita,
porque palpa la Eucaristía. Es tradición besar
la mano del ordenando. Los caballeros besaban las manos de las
mujeres hasta hace poco. En cambio, a los amigos se les saluda
con la mano; a los buenos amigos con un abrazo. Lo mismo a la
familia. Los matrimonios, en cambio, no se saludan con la mano,
puesto que su unión es íntima. Se besan, hay intercambio
sexual.
Coleridge recuerda un sueño: un palacio
que es a la vez un poema, que escribe al despertar. Es Kubla
Khan. Coleridge se pregunta qué pasaría si
un hombre recibiera una flor como prueba de haber estado allí.
El hombre, al despertar, encuentra la flor en su mano. ¿Entonces
qué? La certeza, en esta caso la flor, está en
la mano, no en la conciencia.
Jamás he visto un instrumento musical que
no precise las manos. Por elaborado que sea, por compleja que
sea la música a interpretar, el músico utiliza
sus manos. La música está en las manos como la
flor de Coleridge. Es la prueba más fehaciente de que
el hombre ha estado en el paraíso y, por miserable que
haya sido su transgresión, algo divino habita en él.
Por desgracia, la literatura no reside en la mano, a diferencia
de la música: Cervantes fue manco. Los hombres dedicados
al arte lo adivinaron ya. Fuerza particular tuvo Miguel Ángel
para retratarlas o esculpirlas. Creo que Miguel Ángel
destaca por sus rostros y sus manos. Obsérvense las manos
del Moisés o la Pietá. Las del David siempre
me han parecido sospechosas: la derecha demasiado larga y pesada,
típicamente adolescente, incluso un poco desproporcionada;
la otra, en cambio, la encuentro amanerada, delicada, sobre
el hombro. Una remite a la fuerza de la pedrada; la otra, en
cambio, a la precisión y la destreza de la onda. Un Nolan
Ryan primitivo y beligerante.
Buonarotti consumó el arte de la mano en
la Capilla Sixtina. La del Profeta Ezequiel es prototípica.
Adusta, firme, hace un gesto al espectador. Pide paciencia porque
un asunto más importante lo distrae. Es la mano de quien
ha escrito libros sagrados. Como la del ordenando, los judíos
la reverencian. Dios se ha servido de ella. O la mano del Cristo
en el Juicio Final. Con ese gesto parece quitarse la
culpa de la condenación de algunos hombres: "No
os conozco".
Otras manos inolvidables son las de la Mona Lisa,
que hacen juego perfecto con su rostro y expresión. Las
del Père Tanguy, el retrato de Van Gogh, han sido
detalladas con quince trazos verdes. Como las del Leonardo del
Louvre, son firmes, reflejan el estado de ánimo del personaje,
discrepan de la opinión del espectador y le hacen rectificar
el juicio. Los Arnolfini de Jan van Eyck poseen manos
perfectas. La unión de las manos implica la unión
de los cónyuges, de las vidas, de las ilusiones y futuros.
Ése podría ser el símbolo de la fidelidad,
así como el close-up de las manos de Dios Padre
y Adán, en la Capilla Sixtina, se ha instalado ya en
el colectivo popular como la imagen del origen, de la creación,
de la providencia y la paternidad divina. Los Arnolfini
han sellado su matrimonio al unir sus manos.
Considero, sin embargo, que las más elocuentes
son las de El Angelus de Millet. La campesina ha interrumpido
su arduo trabajo para dirigir una plegaria al cielo. Es tan
místico el momento que las manos no pueden ocultarse
en el blusón. Al contrario, tan recogidas como el espíritu.
Porque las manos son la ventana del espíritu. La campesina
se lleva las manos al pecho, las cierra con fervor, son manos
devotas. Podemos decir que en las manos comienza la cabeza,
que las manos escuchan cada una de las palabras de esa oración
matinal. Toda la compunción se concentra en las manos
dobladas, fervorosas, recogidas, destinadas a Dios. No sabemos
si las manos potencian la oración o la concentración
de la mujer.
No puedo terminar sin referir "la mano de
Dios". No hablo de la noción cristiana de Providencia
ni de la famosa cruz irlandesa (la Cruz de Muirdach) que combinó
signos paganos y cristianos, sino del espectacular gol de Maradona
en el Estadio Azteca frente a Inglaterra. Ese juego fue la venganza
de las Malvinas. El regate de Maradona desde antes del medio
campo y el brinco por encima del portero inglés bastaron
para resarcir la humillación de las islas. Mayor humillación
fue la deportiva, y más dulce la venganza. Argentina
terminó campeón del mundo. Tan misteriosa como
"la mano de Dios" es "la mano invisible"
de Adam Smith. Pero ésas son palabras mayores. No quiero
enverarme por esos derroteros. Yo: me lavo las manos.
Benito Jerónimo Feijoo
Carta XXXIX
A favor de los Ambidextros(1)
1. Muy señor mío: Todo el contenido
de la de Vmd. es de mi mayor satisfacción, y gusto. Gozar
salud toda la familia; el feliz éxito del importante
pleito, en que tanto tiempo há se estaba disputando;
los rápidos progresos de Juanito en la Gramática,
y muestras que da de [301] una índole excelente, todas
son noticias, en que no puede menos de interesarle mucho mi
afecto. Mas lo que Vmd. no esperaría, es, que también
fuese de mi agrado lo que con algún desconsuelo me da
de no poder quitar a ese Niño el vicio de usar indiferentemente
de ambas manos, sin preferencia alguna de la diestra a la siniestra.
¿Esto llama Vmd. vicio? Yo lo llamo habilidad, y ventaja.
Pero todo el mundo siente lo mismo que Vmd. o por lo menos,
ese es el dictamen común. No lo niego; pero negaré
constantemente, que ese dictamen sea fundado en razón.
Y tan lejos estoy de aprobar el cuidado de los Padres en quitar
a los Niños el uso igual de ambas manos, que en mi sentir
debieran ponerle en que se habituasen a él.
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2. La utilidad en esta parte de la educación
es grande, y visible. A cada paso ocurren operaciones manuales,
que por razón de la respectiva positura de la materia,
en que se ha de obrar, no se pueden ejecutar, o se ejecutarían
mal con la diestra, y muy cómodamente con la siniestra.
Así, en muchos oficios mecánicos los Artífices
habitúan una, y otra mano, sin lo cual serían
casi enteramente inútiles para su ministerio. El Martillo,
la Hacha, el Cincel, la Sierra, el Escoplo, &c. en muchas
circunstancias no tienen uso, sino dándoles impulso con
la mano izquierda.
3. Fuera de esto, sucediendo muchas veces que
la diestra está impedida para su uso, por golpe, herida,
tumor, reumatismo, u otro afecto, ¿no es importantísimo
tener entonces dócil la siniestra para suplirla?
4. En la Guerra se viene a los ojos, que es suma
esta conveniencia. Una leve herida en el brazo derecho deja
enteramente inepto, para servir en la batalla, al más
valiente Soldado; el cual, si tuviese ejercitada la siniestra
para la pelea, continuaría el combate con el mismo esfuerzo
que antes de ser herido. Aun sin herida puede ser necesario
el socorro del brazo izquierdo, por estar el derecho cansado.
Los Habitadores de Gabaa, Ciudad del Tribu de Benjamín,
tenían advertida la importancia del uso de una, y otra
mano en la Guerra; y así le adquirían con el ejercicio;
pues en el [302] capítulo 20 del Libro de los Jueces
se lee, que había en aquel Pueblo setecientos insignes
Guerreros, que usaban de la siniestra, como de la diestra: Praeter
Habitatores Gabaa, qui septingenti erant viri fortissimi, ita
sinistra, ut dextrapraeliantes. Y en el capítulo
3 del mismo Libro, hablando del valiente Aod, de cuyo valor
se sirvió Dios para librar a los Israelitas de la servidumbre
que padecían debajo de Eglón, Rey de Moab, se
encarece, como ventaja muy apreciable de aquel Héroe,
que usaba igualmente de una, y otra mano: Suscitabit eis
salvatorem, vocabulo Aod::: qui utraque manu pro dextera utebatur.
5. Entre los Griegos se miraba también
como cualidad plausible la de ser Ambidextros; pues en
la Ilíada, Hector hace gloria de manejar igualmente el
escudo con una, y otra mano. Y en el mismo Poema es recomendado
Asteropeo; porque siendo Ambidextro, arrojaba a un mismo
tiempo dos dardos a los Enemigos.
6. Es, pues, hijo de una preocupación mal
fundada el estudio que se pone en habituar a los Niños
al uso privativo de la mano derecha, en todas aquellas cosas
que se ejecutan con una mano sola. Piérdense en ello
utilidades muy considerables, como ya he probado, y sobre esto
se procede contra el destino de la naturaleza; la cual, formando
la mano izquierda con perfecta semejanza a la derecha, nos manifiesta
bastantemente, que con igualdad la ordena al mismo uso.
7. No ignoro, que Aristóteles dejó
escrito, que la diestra naturalmente es más fuerte, que
la siniestra: Dextra namque manus validior est laeva, natura.
Pero Aristóteles sin duda se engañó, juzgando
natural el exceso de fuerza, que la diestra adquiere con el
ejercicio. Es cierto, que los hombres comunísimamente
experimentan en la diestra más actividad para el impulso,
y más resistencia para el trabajo; pero uno, y otro pende
de que la ejercitan mucho más. El uso continuado hace
ensanchar más los vasos pertenecientes al brazo derecho,
por lo que fluyen a él en mayor copia la sangre, y los
espíritus, y de aquí proviene la mayor fuerza
[303]. Asimismo el uso continuado hace cualquiera fatiga más
tolerable, o hace que no se sienta tan presto la fatiga; como
se ve, que resiste mucho más tiempo la molestia de cualquiera
ocupación trabajosa el ejercitado, que el que no está
acostumbrado a ella.
8. En los demás miembros hermanos, o homogéneos
no privilegió más la naturaleza los del lado derecho,
que los correspondientes del izquierdo. Tan firme pisa el pie
izquierdo, como el derecho. Tanto resisten la fatiga del movimiento
el muslo, y rodilla de aquel lado, como los de éste.
También ve el ojo siniestro, como el diestro. ¿Porqué
se ha de pensar, que en orden a manos, y brazos tomó
otro método?
9. Pero aun en caso que el brazo izquierdo fuese
naturalmente menos fuerte que el diestro; ¿por qué
se ha de dejar ociosa esa fuerza, aunque menor en muchos casos,
en que puede servir, supliendo la de su compañero, impedido
por algún accidente? Así resuelvo, que generalmente
sería convenientísimo hacer a los Niños
ejercitar igualmente uno, y otro brazo, para hacerlos a todos
Ambidextros.
10. En lo cual se debe tener la advertencia de
equilibrar cuanto se pueda el uso de una, y otra mano. Digo
esto, porque podría suceder, que considerando la siniestra
más indócil, se quisiese vencer su indocilidad,
dándole más ejercicio, que a la compañera;
de lo cual podría resultar el inconveniente, de que poco
a poco se fuese levantando con todo el manejo la siniestra,
y habituándose a la inacción la derecha. No hay
que pensar, que antes que el uso habilite las manos, tenga más
aptitud una que otra. Iguales salieron del seno de la naturaleza.
11. Miro como inconveniente habituarse a dar el
principal uso a la mano izquierda; pero inconveniente, que pende
únicamente de la preocupación de los hombres.
No hay realmente en ello torpeza alguna; pero basta que comúnmente
se tenga por defecto lo que llamamos ser zurdo, para
que se procure evitar; mayormente cuando en algunos pasa este
error a superstición, tomándole, o ya por mal
agüero, o ya por indicante de un ánimo torcido.
Soy de Vmd. &c.
(1) Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas
y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado
de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de
la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores
y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas
300-303.
(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García,
México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis
versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora
en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido
lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.
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