Osvaldo
Ferrari: Según una antigua tradición de Oriente,
Borges, Adán, en el paraíso, hablaba en verso...
Jorge Luis Borges:
Yo no sabia eso, sé que hablaba en hebreo, desde
luego, ya que el padre de Coleridge, que era Pastor en un
pueblo de Inglaterra, predicaba, y los feligreses le agradecían
mucho que él intercalara largas parrafadas en el
idioma inmediato del Espíritu Santo (The Immediate
Tongue of the Holy Ghost), que era naturalmente el hebreo.
Cuando el murió, lo sucedió otro predicador,
que no sabía hebreo o que no tenía el hábito
de usarlo, y los feligreses se sintieron defraudados, porque
aunque no entendieran ni una palabra, eso no importaba;
les gustaba oír al predicador hablar en el idioma
inmediato del Espíritu Santo, en el hebreo. Bueno,
en una página de Sir Thomas Browne, él dice
que sería interesante dejar a dos niños en
un bosque -digamos Rómulo y Remo- porque ellos no
imitarían a otros al estar solos, y entonces podría
recuperarse así la pronunciación primitiva
y edénica, o paradisíaca, del hebreo, que
sería el idioma en que hablarían esos niños.
Pero parece que ese experimento se hizo, y los chicos no
se decidieron a hablar: emitieron algunos sonidos incomprensibles.
De manera que alguien había supuesto que abandonando
dos niños se recuperaría el idioma primitivo
de la humanidad.
-El idioma original...
-El hebreo sí,
pero yo no sabía que Adán hablara en verso.
Sin embargo, recuerdo haber leído en algún
libro sobre la cábala -uno de los pocos libros sobre
la cábala que he leído- que se supone que
Adán (claro, Adán había salido directamente
de las manos de Dios) era el mejor historiador, el mejor
metafísico; el mejor matemático, ya que había
nacido perfecto, y había sido instruido por la divinidad
o por los ángeles. Se supone además que era
altísimo, y que posteriormente empezó a decaer;
hay una frase muy linda de León Bloy, que dice que
cuando Adán es arrojado del paraíso, ya no
es como un fuego, sino como una ascua que esta apagándose.
Y se supone también que la cábala tiene una
tradición muy antigua, ya que fue enseñada
por los ángeles a Adán, Adán la enseñó
a Caín y a Abel, ellos la enseñaron a sus
hijos, y así se fue transmitiendo esa tradición
hasta mediados de la Edad Media. Porque ahora nosotros apreciamos
una idea si es nueva; en cambio, antes no, una idea, para
ser recibida con respeto, tenía que ser muy antigua;
entonces, que antigüedad mayor a la de Adán
como primer cabalista.
-Como primer instruido
por el espíritu.
-Sí, claro que
en el caso de él, los ángeles eran cabalistas
también; bueno, los ángeles también
estaban muy cerca de Dios.
-En cualquier caso,
sabemos que la literatura empieza por la poesía...
-De modo que esa leyenda
de Adán vendría a corroborar eso.
-Claro.
-Creo que se habla muy
poco sobre el verso hebreo, salvo los paralelismos, ¿no?;
porque los salmos no constan de un número determinado
de sílabas, e ignoran la rima y la aliteración
también, creo. Pero tienen, desde luego, un ritmo,
que Walt Whitman algo tardíamente, quiso imitar.
-Que recuperó.
-No sé si lo recuperó,
pero, en todo caso, él partió de los salmos
de David, en la versión de los obispos de La Biblia
inglesa.
-Igualmente la obra
de Borges empieza por la poesía, porque empieza con
Fervor de Buenos Aires.
-Bueno, sí, pero
habría que decir poesía entre comillas, porque
yo no creo que sea poesía esa. Es una prosa más
o menos cuidada, pero, cuando yo la escribí, recuerdo
haber pensado menos en Whitman, a quien invoqué como
maestro, que en la prosa de Quevedo, a quien yo leía
tanto entonces. Creo, en todo caso, que ese libro está
lleno de latinismos, a la manera de Quevedo, que yo traté
de atenuar después.
-Sin embargo, la invocación
a Whitman persistió, porque usted usó el verso
libre en aquel momento.
-En aquel caso sí,
ahora, no sé si mi verso libre se parecía
al de Whitman o se parecía a la cadenciosa
prosa de Quevedo, o de Saavedra Fajardo, a quien yo leía
mucho en aquel tiempo también.
-Hay algunas ideas
suyas sobre la poesía, Borges, que me interesan;
usted ha dicho que cualquier poesía que se base en
la verdad, tiene que ser buena.
-Y... habría que
decir en la verdad, o en la absoluta imaginación,
¿no?, lo cual es lo contrario; bueno, no, pero es que la
imaginación tiene que ser verdadera también,
en el sentido de que el poeta debe creer lo que imagina.
Yo creo que lo fatal es pensar en la poesía como
un juego de palabras, aunque eso podría llevar a
la cadencia a la vez. Creo que es un error, ¿no?
-Sí, pero a
usted creo que le interesa en particular la verdad emocional,
digamos.
-La verdad emocional,
es decir, yo invento una historia, yo sé que esa
historia es falsa; es una historia fantástica o una
historia policial -que es otro genero de la literatura fantástica-,
pero mientras escribo, debo creer en ella. Y esto coincide
con lo de Coleridge, que dijo que la fe poética es
la suspensión momentánea de la incredulidad.
-Eso es estupendo.
-Sí, por ejemplo
una persona, en un teatro, está presenciando Macbeth.
Sabe que se trata de actores, de hombres disfrazados
que repiten versos del siglo XVII, pero esa persona olvida
todo eso, y cree que está siguiendo el terrible destino
de Macbeth, llevado al asesinato por las brujas, por su
propia ambición y por su mujer, Lady Macbeth.
-Claro.
-O cuando vemos un cuadro,
vemos un paisaje y no pensamos que es un simulacro pintado
en una tela; vemos aquello, bueno, como si el cuadro fuera
una ventana que da a ese paisaje.
-Cierto, ahora, también
ha dicho usted que la palabra música, aplicada al
verso, es un error o una metáfora; que hay una entonación
propia del lenguaje.
-Sí, por ejemplo,
yo creo tener algún oído para lo que Bernard
Shaw llamaba word music (música verbal), y
no tengo ningún oído, o muy escaso, para la
música instrumental o cantada.
-Son dos cosas diferentes.
-Sí, son dos cosas
distintas, y además, he conversado con músicos
que no tienen ningún oído para la música
verbal; que no saben si un párrafo en prosa o una
estrofa en verso está bien medida.
-Otra opinión
suya acerca de la poesía, es la de que se puede prescindir
de la metáfora en el poema.
-Yo creo que sí,
salvo en el sentido... cuando Emerson dijo que el lenguaje
es poesía fósil; en ese sentido, toda palabra
abstracta empezaría siendo una palabra concreta,
y es una metáfora. Pero, para entender un discurso
abstracto, a la vez, tenemos que olvidar las raíces
físicas, las etimologías de cada palabra,
tenemos que olvidar que son metáforas.
-Si, porque
la etimología de metáfora...
-Es traslación.
-Traslación.
-Si, pero la metáfora
es una metáfora; la palabra metáfora es una
metáfora.
-Todo tiene un sentido
simbólico, pero, una de las ideas que me parece más
interesante la encuentro en Rilke en una forma, y en usted
en otra parecida; Rilke había dicho que la belleza
no es más que el comienzo de lo terrible, y usted
ha relacionado la poesía con lo terrible acordándose,
probablemente, de poetas celtas: la idea de que el hombre
no es del todo digno de la poesía. Usted ha recordado
que, en términos bíblicos, el hombre no podría
ver a Dios, porque al verlo moriría; y ha inferido
que con la poesía ocurriría algo parecido.
-Yo tengo un cuento basado
en esa antigua idea: se trata de un poeta celta, al cual
el rey le encarga un poema sobre el palacio. Y el poeta
ensaya durante tres años, tres veces ese poema. Las
dos primeras veces el se presenta con un manuscrito, pero
la ultima vez no, llega sin manuscrito y le dice una palabra
al rey; esa palabra no es ciertamente la palabra "palacio",
es una palabra que expresa al palacio de un modo más
perfecto. Y entonces, una vez que el poeta ha pronunciado
esa palabra, el palacio desaparece; porque el palacio no
tiene por qué seguir existiendo, ya que ha sido expresado
en una sola palabra.
-La poesía
y la magia.
-Si, vendría a
ser eso, y en otro posible fin, creo que el rey le entrega
un puñal al poeta, porque el poeta ha logrado la
perfección: ha dado con esa palabra, y no tiene por
que seguir viviendo. Y también porque el hecho de
haber encontrado una palabra que pueda suplir a la realidad
vendría a ser como una especie de blasfemia, ¿no?;
¿qué es un hombre para encontrar una palabra que
pueda reemplazar a una de las cosas del universo?
-Esto que usted ha
dicho me ha recordado que, en términos religiosos,
se consideraba que los nombres de las antiguas ciudades
eran secretos.
-Sí, De Quincey
recuerda el caso de Roma, y da el nombre de un romano que
fue condenado a muerte y ejecutado por haber revelado el
secreto; y luego, De Quincey agrega que ese nombre secreto
ha sido tan bien guardado, que no ha llegado hasta nosotros.
-Claro.
-Se entiende que si alguien
posee el nombre secreto de Roma, posee Roma, porque saber
el nombre de algo es dominarlo; aquí correspondería
aquello de que hemos hablado otras veces: el "Soy el que
Soy" como una... bueno, como un eufemismo de Dios para no
decir su verdadero nombre a Moisés. Es lo que opinaba
Martín Buber.
-Se trata ahora del
nombre secreto de Dios.
-Sí, había
un nombre secreto, pero Dios, para no revelar ese nombre
que lo hubiera puesto en poder de Moisés, le dice:
"Soy el que Soy", y así elude una respuesta precisa;
sería como un subterfugio de Dios.
-Sí, pero volviendo
atrás, quiero preguntarle si usted, personalmente,
ha sentido una relación entre lo terrible y el poeta,
o la poesia, o la belleza; que son los términos mencionados.
-Entre lo terrible y
la belleza sí, porque... eso lo sentía antes,
cuando yo pensaba que éramos indignos de la belleza:
en cambio, ahora creo que la belleza es asaz frecuente,
y por qué no hospedarla y recibirla.
-El otro aspecto que
me parece importante, y que lo hemos mencionado cuando hablamos
de Platón y Aristóteles, es que posiblemente
el poeta todavía sigue siendo capaz de usar a la
vez el razonamiento y también la intuición,
o...
-O el mito.
-Sí, quizá
dentro de la sociedad contemporánea sea el poeta
quien todavía maneje ambas cosas.
-Quien sea capaz de usar
ambas cosas, sí, pero siempre el poeta tiende más
para un lado que para otro, ¿no?; a mí me han echado
en cara ser un poeta intelectual.
-Se han equivocado.
-Sí, pero es raro
eso; a Browning parece que al principio le reprocharon ser
un poeta demasiado decorativo, y luego, al final, dijeron
que era tan intelectual que resultaba incomprensible.
(1) Extraído del libro En
diálogo II de Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari,
publicado por Editorial Sudamericana.