Una prominente línea audiovisual, jactándose
de aprovechar al máximo los adelantos tecnológicos,
entre ellos la alta definición, se empeña
en llevar a sus últimas consecuencias la idea del
cine y los medios audiovisuales como total duplicación
de la sensación de realidad, la más absoluta
verosimilitud posible de lo relatado.
Pero, ¿en qué medida resultan logros cinematográficos,
audiovisuales o estéticos; y en qué medida
son necesarios, posibles o circunstanciales? O, ¿podrán
ser, más bien, una persistencia del naturalismo y
del “realismo” tradicional en los ámbitos
del cine y toda la audiovisualidad?
Las tensiones entre estética y tecnología
nos mueven una vez más en la búsqueda de dilucidaciones.
Naturalismo vs. Imaginación
Los medios audiovisuales empecinados en
la representación “realista” de las “realidades”
siguen afanados en crear, aún en las más efervescentes
fantasías, aquella “ilusión de realidad”
tan ansiada por la mentalidad racionalista-pragmática
y sensorialista que se desató desde el renacimiento
y campeó por sus respetos a lo largo de los tiempos
modernos hasta el siglo XIX, sin expirar, ya lo vemos en
el siglo XX, ni en el XXI recién iniciado. Aún
lo fantástico debe filtrarse como “natural”
y la imagen percibida debe asumirse como “repre-sentación”
en plena correspondencia con “lo natural, real o sustancial”.
Así, lo más fantástico e imaginativo
deviene servil, en última instancia, del viejo relato
realista.
Y las comillas y reiteraciones del párrafo anterior
fueron muy intencionales. Nadie desconoce ya (sobre todo
desde Panofski, Gombrich, Arheim y un interminable catálogo
de ilustres nombres y obras de psicólogos, historiadores
y sociólogos del arte y la cultura) el signi-ficado
tan relativo y convencional de tales “realismos”
y “realidades”.
Sin embargo, he ahí a la telenovela, al cine predominante
y otras muchas expresiones audiovisuales, empecinadas en
crear las ilusiones de realidad tan añoradas por
las antiguas concepciones pragmáticosensorialistas,
a la inversa de las artes plásticas e incluso de
la literatura, que avanzaron desde el realismo a la abstracción,
desde la ilusión de realidad hasta la potenciación
de la imaginación creadora del receptor, y aún
—¡fecunda paradoja!— desde la imagen sensorial
al concepto; e inclusive a la inversa del más actualizado
pensamiento social, psicológico, científico
y filosófico que tan bien ha desmitificado las viejas
formas de concebir las realidades y nuestras percepciones
de ellas.
¿Podemos concebir a la mayoría de los pintores
de hoy pintando aún como Tiziano, Velásquez,
Rembrandt o Corot; a los escritores escribiendo como Cervantes,
Balzac y Chejov; a los músicos componiendo como Mozart,
Beethoven y Brahms?
Conste que siguen admirándome y deleitándome
barrocos, realistas, románticos, impresionistas.
Lo admito, los escucho tanto o más que a otros de
nuestros días; y la dialéctica del arte es
quizás la única dialéctica “acumulativa”,
la única que nos permite e incluso nos demanda conservar
y disfrutar lo de antes y no sólo “lo de ahora”.
Pero es una dialéctica de crecimiento y enriquecimiento
de posibilidades, y si el disfrute de lo nuevo no impide
el de lo antiguo, también se impone no quedarnos
fijados, narcisicistas, inmaduros, en estadios anteriores,
temerosos e incapaces de lo nuevo.
En fin, mientras las artes y todo el ámbito estético
más fecundo y renovador ha devenido —quizás
a veces exagerando el otro extremo— en iconoclasta
constructor de eidos, por un lado, y de mundos
personales, por otro, demasiado cine y demasiada producción
audiovisual sustituye incluso a lo real (en la medida en
que podemos hablar de lo real) con imágenes que supuestamente
lo duplican, cuando en verdad suplantan lo ortodoxamente
real por su convencional doble imaginario.
Quizás sea el cine o, mejor aún, quizás
sea el ámbito de la audiovisualidad massmediática
el único reino que se permita seguir insistiendo
y evaluando al mismo nivel de gustos y de logros la narración
más realista y el antirrelato más abstracto
o conceptualista…, y donde dominan, con preocupante
ventaja, los tradicionalmente realistas, como si no hubiese
pasado tanto desde Goddard y las nuevas olas de los sesenta,
desde Bergman y luego Tarkovski y luego Greeneway y otros
muchísimos hasta hoy donde no podemos ignorar hitos
del cine documental como Godfrey Reggio, Michael Moore y
Craig Baldwin.
¿Y la alta definición?
Interesante paradoja: el desarrollo tecnológico,
los avances científicos y técnicos parecen
más bien reforzar, servil, sumisamente, las formas,
gustos y tendencias antiguas bajo las estridentes máscaras
de ilusiones novedosas.
Satisfaciéndose en la percepción de una imagen
redundante por hipercorregida, falsa e inútilmente
perfecta aunque vendida como perfectamente necesaria y cimera,
los medios alimentan la obsesión de ir desde el realismo
a un hiperrealismo, pero no al hiperrealismo con los significados
conceptuales y contextuales del conocido hiperrealismo
pictórico, sino, de hecho, a uno cada vez más
esclavo del viejo realismo que aún cuando parece
llenarse de fantasía suele quedar en luminotecnia
castrante de la verdadera imaginación, de la creadora.
Golosina audiovisual, hipnosis, seducción, terminales
de la red…: alertan diversos estudiosos a quienes
admiro mucho, quizás con tono demasiado preocupado
sin que falten razones, aunque no creo en el dilema de apocalípticos
e integrados. Y si el dilema fuese insalvable yo sería,
en última instancia y en este asunto de las comunicaciones,
los medios y la alta tecnología —que no en
otros como bien se ve— integrado, claro, a mi manera
amante de los deslindes.
¿Quién habrá demostrado que el arte
necesita la alta definición, u otras altas tecnologías?
Los artistas podrán utilizarla o no; y lo que si
está probado como condición necesaria para
el arte, es esa imaginación capaz de crear la ilusión
auténtica, esa que puede recrear la realidad convencional
y consensual o, por el contrario, las más ricas fantasías.
¿Espectáculo y tecnología vs. arte?
La más sofisticada tecnología
y la alta definición parecen consagrar al espectáculo
como si fuese “el arte”. Como no hay por qué
renunciar al disfrute de un buen espectáculo, como
no hay por qué sentir fobia por el buen entretenimiento;
disfrutemos, entretengámonos. Mas no me parece bien
que me priven del arte en nombre del espectáculo:
denme espectáculo y arte y, preferencia personal,
denme arte y el espectáculo que se desprende de él.
La oposición arte-espectáculo constituye un
falso dilema. Siempre las artes, sobre todo las escénicas,
aprovecharon las síntesis posibles y los avances
tecnológicos de su tiempo. Díganlo, por ejemplo,
las puestas en escena multimediales del Sturmflut
de Edwin Piscator, ya en 1926, en la infancia del cine,
por Alfonse Paquet.
Podemos remontarnos a la edad de las cavernas, cuando el
humo y una piedra afilada eran la tecnología “de
punta”; podemos recordar, mucho más acá,
las despampanantes maquinarias del teatro barroco. Hasta
la pintura al fresco fue un alto descubrimiento técnico,
y ¿cuánto significó la imprenta para
la literatura?
Siempre el arte asumió el desarrollo tecnológico;
pero siempre los más talentosos artistas atinaron
a crear arte en su medio altamente tecnológico, aprovechando
o no la más alta tecnología de su tiempo.
¿Videoarte, video-clip, arte?
Quizás más que el cine tradicional,
quizás más que otras manifestaciones —sin
abandonar el reino de los “quizás”—
muchos de los problemas álgidos del arte y la cultura
actuales confluyan en el video-clip y el videoarte.
Permítanme decir algo sin su demostración,
no porque falten argumentos sino porque no procede extender
mucho estas páginas: si la televisión ha enriquecido
con alguna clase de imágenes más o menos propia
el mundo de la audiovisualidad, tendremos en el video-clip
el mayor exponente de dicha prosperidad.
No pensemos en docudramas, revistas, noticieros, documentales,
reportajes, telenovelas, que son claros y desenmascarados
herederos del cine, la literatura, el teatro y otras artes
y medios previos a la televisión.
Por supuesto, el clip tiene mucho que ver con el
cine tradicional y, si bien lo queremos, podemos observarlo
como un tipo muy especial de filmación: planos cortos
y entrecortados, montaje ágil, intensificación
de la banda sonora musical, efectos especiales… Pero
aún así no dejaríamos de ver que ha
cobrado una personalidad distinguida.
Asimismo, tampoco creo que merezca ser despojado de sus
dotes artísticas o, más bien hasta ahora,
estéticas argumentando su índole promocional
y comercial. Abundan los clips plenos en esteticidad, y
un estudio suyo implicaría muchas cuartillas más.
Junto a ello cuentan posibles argumentos anti-kantianos
apoyados en analogías con la arquitectura y otras
manifestaciones utilitarias o que no se adscriben tan perfectamente
al universo de la “fina-lidad sin fin”.
Es suficiente aquí señalar al clip
como reino fecundo para la confluencia de espectáculo,
técnica y estética.
Algo similar ocurre con el videoarte.
¿Quién, acostumbrado a ver y oír (a
la audiovisión) de videoclips y
de videoartes podría negar la posible riqueza
de la síntesis tecnología-espectáculo-arte,
conjunción abarcadora desde la plástica, la
música, la danza, todo arte escénico hasta
la infografía, la alta definición y otros
recursos, nunca obligatorios, siempre opcionales o posibles
según las intenciones, los proyectos y los estilos
artísticos?
¿Acaso no tienen estas manifestaciones las máximas
potencialidades para priorizar el ámbito de significantes
por encima de los referentes, el de los interpretantes por
el de los objetos, el de las imágenes imaginativas
y creativas por encima de las falsas reproducciones, imitaciones
o recreaciones de la supuesta “realidad” y de
la simple ilusión realista de lo fantástico?
Profesión de fe mediática y técnico-artística
Creo que, al menos en este ámbito
de problemas estamos, sí, en un momento nuevo, pero
no tan totalmente nuevo como se nos induce a pensar. Abundan
las experiencias dignas de ser revividas una y otra vez
en la historia del arte y la cultura.
Creo en la tecnología, en la alta definición,
en la informática, la infografía, la imagen
virtual, y disfruto juegos y espectáculos, y…
también el arte.
Creo que todos son posibles y valiosos, uno a uno y en infinidad
de combinaciones.
Creo que el arte no supone nunca el uso obligado de la tecnología
de punta, y no hay que confundir arte y espectáculo,
ni supeditar uno a otro.
Creo, por ello mismo, que no todo espectáculo ha
de ser necesariamente artístico (o intensamente estético),
que la alta definición no supone necesariamente valores
artísticos (ni siquiera para la más empedernida
estética realista), que ésta no es de uso
obligado y que vale la pena tomar precauciones contra los
supuestos “realismos” cuyo encanto podemos disfrutar
pero al cual no hay por que esclavizarse.
Creo en el uso y validaciones de antirrelatos, estéticas
de descentrado, difuminaciones, montajes especiales, las
trucas y animaciones, el cine casi ya no “experimental”
y la multitud de formas enriquecedoras del inagotable ámbito
audiovisual.
Creo que, en última instancia, los mejores y más
ricos usos de la alta tecnología en el arte y en
toda experiencia estética, dígase informática,
alta definición y nuevos procesos químicos
-con independencia de su válida aplicación
y disfrute a la convencional representación “realista”
o creación de “ilusión de realidad”-
se encaminan por los senderos de la creación y desarrollo
de las nuevas formas y manifestaciones, como el video-clip,
el videoarte y el todavía llamado cine
experimental cada día menos experimental y más
habitual.
¿Cómo armonizarán sus tendencias la
estética y la tecnología de nuestro tiempo?
¿Cómo asumir del modo más rico y pleno,
desde una perspectiva estética y humana, la alta
definición, la imagen virtual y las más sofisticadas
técnicas digitales?
Creo que seguirán los interrogantes y las reflexiones
sobre el cine, el arte y la cultura ya en proceso y venidera;
afortunadamente con disímiles respuestas y con muchas
propuestas artísticas cuyos logros, también
muy felizmente, devienen más fehacientes cada día,
aunque, como espectadores, como consumidores o público,
tendremos que responder positivamente a una última
pregunta: ¿Seremos capaces de superar las ancianas
ataduras, las restrictivas condicionantes del viejo relato,
estructuras y formas del realismo entronizado desde el Renacimiento
hasta la modernidad, y hacer a un lado, al menos de modo
alternativo, el empecinamiento en supeditar los avances
tecnológicos a las más viejas y convencionales
nociones y gustos?
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(*) José Rojas Bez (rojasbez@hotmail.com) Banes,
1948. Doctor en Ciencias Pedagógicas. Profesor Titular
del Instituto Superior de Arte de Cuba y miembro de la UNEAC
y SIGNIS, entre otras instituciones culturales. Ha publicado
diez libros sobre literatura, cine, artes y co-municación
audiovisual en Cuba y México; ha colaborado en importantes
revistas de Cuba, México, Brasil, Costa Rica, Estados
Unidos y España; y ha impartido cursos, conferencias
y talleres en universidades, fundaciones e instituciones
culturales de España, Colombia, México y Ecuador,
así como en la Escuela Internacional de Cine de San
Antonio de los Baños.
El presente ensayo forma parte de un libro en proceso editorial.