¿A qué nos referimos por literatura? Se utiliza
la expresión coloquialmente y entre los incultos
para incluir todo lo que se imprime en los libros. Basta
un poco de sentido común para desbaratar esa definición.
La persona más sencilla fácilmente advierte
que un elemento esencial en la idea de “literatura”
es cierta relación con el interés general
y común del hombre, de manera que lo referido a un
interés local, profesional o personal, aún
cuando se presente en forma de libro, no pertenecerá
a la literatura. Hasta aquí la definición
ha sido reducida con facilidad, e igualmente fácil
será dilatada. Porque no todo lo que aparece en libros
es literatura ni todo lo que realmente es literatura aparece
siempre en libros. Los sermones semanales de los cristianos,
esa vasta literatura de púlpito que actúa
tan extensamente sobre la mente popular –para advertir,
apoyar, renovar, confortar, alarmar– no se localiza
en el santuario de las librerías ni en su diezmilésima
extensión. El drama también, como por ejemplo
lo mejor de Shakespeare en Inglaterra y todas las obras
atenienses en el crepúsculo de la era ática,
operó como literatura en la mente popular, y fueron
publicadas (siguiendo estrictamente la literalidad del término)
a través de las audiencias que presenciaron su representación
aún antes de que se imprimieran para ser leídas;
y se publicaban en el escenario con mucho mayor efecto que
el que podrían tener como libros en esas épocas,
cuando imprimir y copiar era costosísimo.
Los libros, por estas razones, no poseen
un sentido sinónimo e intercambiable con el de literatura,
porque mucha literatura, como la escénica, forense
o didáctica (como la de los lectores y oradores públicos)
quizá jamás se imprima, y mucho de lo que
aparece en los libros podrá tener nulo interés
literario. Otra corrección aún más
importante, aplicable a la noción vaga de literatura,
debe buscarse no con ánimos de definir mejor el término
sino para distinguir adecuadamente sus dos funciones. En
ese gran órgano social que colectivamente llamamos
literatura podemos encontrar dos oficios distintos que pueden
confundirse –y de hecho lo consiguen– pero que
son capaces de aislarse e, incluso, de disponerlos de tal
manera que se repelan recíprocamente. Está
en primer lugar la literatura de conocimientos y, en segundo
término, la literatura de poder. La función
de la primera es enseñar, la otra está para
mover: la primera es el timón, la segunda un remo
o una vela. La primera habla exclusivamente al entendimiento
discursivo, mientras la segunda habla a un entendimiento
mayor, la razón, pero siempre con afecciones de placer
y simpatía. Remotamente persigue alcanzar un objeto
establecido en lo que Lord Bacon llama “luz seca”;
pero en lo próximo opera y debe operar (o cesará
de ser literatura de poder) en y a través de aquella
“luz húmeda” que se viste a sí
misma con las nieblas y chispazos de las pasiones humanas,
los deseos y las emociones geniales. Los hombres han reflexionado
tan poco en las altas funciones de la literatura como para
encontrar paradójico que uno quisiera describirla
como el medio o propósito de los libros para ofrecer
información. Pero ésta es una paradoja sólo
en el sentido en que ser paradójico honra. Siempre
que hablamos en el lenguaje cotidiano de buscar información
o ganar conocimiento entendemos las palabras como referidas
a algo absolutamente novedoso. Pero es la grandeza de toda
verdad que puede ocupar un muy alto nivel entre los intereses
humanos, de manera que jamás será una novedad
absoluta ni aún para la más sencilla de las
mentes: existe eternamente a manera de germen o principio
latente, en lo más bajo y en lo más alto,
necesitando continuamente desarrollarse pero nunca ser plantada.
El criterio para detectar de inmediato una verdad de baja
escala es la capacidad de transplante. Además de
ésta, existe algo más raro que la verdad,
a saber, el poder o la profunda simpatía con la verdad.
¿Cuál es el efecto, por ejemplo, de los niños
sobre la sociedad? Por la piedad, por la delicadeza y por
las maneras tan peculiares de expresar admiración,
que los relacionan con la incapacidad, la inocencia y con
la simpleza propias de los niños, no sólo
se fortalecen y renuevan continuamente estas afecciones,
sino también las cualidades más estimadas
en el cielo –la fragilidad, por ejemplo, que apela
a la abstinencia, la inocencia que simboliza lo celestial,
y la simpleza que es lo más alejado de lo mundano–
se mantienen en perpetua memoria y siempre frescas. El mismo
propósito es atendido por la literatura mayor, es
decir, por la literatura de poder. ¿Qué se
aprende del Paraíso perdido? Nada en absoluto.
¿Qué aprendemos de un recetario? Algo nuevo
en cada párrafo, algo que antes desconocíamos.
Pero, por eso, ¿pondría usted el miserable
recetario en un nivel superior de estimación que
el poema divino? Lo que usted le debe a Milton no es el
tipo de conocimiento según el cual un millón
de artículos son un millón de pasos hacia
delante pero siempre en el mismo nivel terreno; lo que usted
le debe es poder, es decir, el ejercicio y la expansión
de la propia capacidad –latente– de simpatía
con el infinito, donde cada impulso y cada influjo particular
es un escalón hacia arriba, como la escalera de Jacob,
desde la tierra hasta alturas misteriosas. Todas las etapas
del conocimiento, de la primera a la última, lo llevan
más lejos siempre en el mismo plano, pero jamás
podrán elevarlo, ni un paso siquiera, sobre el nivel
terrestre; mientras que el primer paso en el poder es volar,
es un movimiento ascendente en otro elemento donde ya ha
sido olvidada la tierra.
Si no fuera porque las sensibilidades humanas
son ventiladas y llamadas continuamente a ejercerse por
los grandes fenómenos de la infancia o de la vida
real mientras se mueve entre cambio y cambio, o por la literatura
al recombinar estos elementos en imitaciones de poetría,
romance, etcétera, es verdad que, como todo poder
animal o la energía muscular, cuando cae en desuso,
también estas “sensibilidades” pueden
torcerse o disminuir gradualmente. La literatura de poder,
diferenciándose de la literatura de conocimientos,
vive y reconoce su campo de acción en relación
con estas grandes capacidades morales del hombre. Se interesa
en lo más alto del hombre; las mismas Escrituras
nunca condescendieron a tratar exclusivamente con el entendimiento
discursivo a través de sugestiones o cooperaciones:
cuando las Escrituras hablan acerca de la capacidad
intelectual del hombre no se refieren al “entendimiento”
sino “al corazón que entiende”, haciendo
del corazón –es decir, el gran órgano
de la intuición, el órgano no discursivo–
la fórmula para que el hombre, en su más alto
estado de capacidad, pueda intercambiarse con el infinito.
La tragedia, el romance, la historia fantástica o
la epopeya, todas restauran en la mente del hombre los ideales
de justicia, esperanza, verdad, misericordia, retribución
que de otra manera (abandonados a mantenernos en las realidades
cotidianas) languidecerían por preferir el conocimiento.
¿A qué nos referimos, por ejemplo, con “justicia
poética”? No significa una justicia que difiera
por su objeto de la justicia ordinaria propia de la jurisprudencia
humana, porque –de lo contrario– sería
forzosamente una especie terrible de justicia; significa,
más bien, una justicia que difiere de la común
justicia forense por el grado con que alcanza su objeto,
una justicia más poderosa sobre sus propios fines
cuando trata no con los necios elementos de la vida terrestre
sino con los elementos de su propia creación y con
materiales moldeables a sus más puras ideas preconcebidas.
Es verdad que, de no existir la literatura de poder, estos
ideales permanecerían frecuentemente como meras formas
o áridas nociones; mientras que, gracias a las fuerzas
creativas del hombre plasmadas en la literatura, aquellos
ideales ganan una primaveral vida de restauración,
y germinan en actividades vitales. La novela más
común, al moverse aliada con los miedos y las esperanzas
humanas, con los instintos de bien y mal, mantiene y cataliza
esas afecciones. Llamándolas a actuar las rescata
del torpor. Y de aquí la preeminencia sobre todos
los autores que únicamente enseñan del más
mísero autor que mueve, o que enseña –si
acaso indirectamente– por el simple mover. El trabajo
más alto que ha existido siempre en la literatura
de conocimientos es un trabajo provisional, un libro bajo
prueba, y tolerado “quamdiu bene se gesserit”
(“siempre que vaya bien”). Permite que su enseñanza
sea aún parcialmente revisada, que no sea sino expandida,
o aún que su enseñanza sea reacomodada para
bien, e instantáneamente se sustituya. Mientras que
los trabajos literarios más pobres, si sobreviven,
permanecerán acabados e inalterables entre los hombres.
Por ejemplo, los Principia de Sir Isaac Newton
fue desde el principio un libro de vanguardia en el mundo.
En todas las etapas de su progreso tendría que pelear
por su existencia: primero respecto de la verdad absoluta;
y luego, cuando ese combate hubiera sido superado, respecto
de su forma, o manera de presentar la verdad. Y tan pronto
como La Place –o cualquier otro– construya más
alto sobre los cimientos puestos por dicho libro, instantáneamente
es arrojado desde el esplendor hasta las profundidades más
oscuras; con las armas que ganó en ese libro lo jubila
y destruye, y pronto el nombre de Newton queda como la “nominis
umbra” (“sombra del nombre”), aunque su
libro, como un poder vivo, se haya metamorfoseado. Por el
contrario, la Iliada, el Prometeo de Esquilo,
el Otelo o el Rey Lear, Hamlet
o Macbeth, y el Paraíso perdido
no son combatientes sino eternos triunfadores siempre que
existan las lenguas con que se expresan o con que puedan
aprender a expresarse. Jamás podrán transmigrar
hacia nuevas encarnaciones. Reproducir estas obras en nuevas
formas o variaciones, aún cuando en algunos puntos
deban ser mejoradas, es plagiar. Un buen motor de vapor
es propiamente reemplazado por uno mejor. Pero un encantador
valle de pastores jamás podrá ser reemplazado
por otro, ni una estatua de Praxíteles por un Miguel
Ángel. Estas cosas están separadas, no por
la imparidad sino por la disparidad. No son consideradas
miembros desiguales de una misma categoría, sino
diferentes en especie y, si en algo se consideran semejantes,
son elementos semejantes perteneciendo a distintas especies.
Los trabajos humanos de inmortal belleza y las obras de
la naturaleza comparten un rasgo común: jamás
se repiten, nunca se acercan tanto como para no diferir;
y no es que difieran por ser mejores o peores, o por ser
más o menos; difieren por diferencias indescifrables
e incomunicables que no pueden ser captadas por imitaciones,
que no pueden reflejarse en el espejo de la copia, que no
pueden ponderarse en las escalas de la comparación
vulgar.
(*) Tomado de la colección Gateway
to the Great Books, R.M. HUTCHINS & M.J. ADLER (eds),
Encyclopædia Britannica, vol. 5, 1963.
(**) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México,
1979). Lector y escritor, estudió filosofía.
Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica.
Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas
y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo
y Alfonso Reyes.