El peso de la iconografía en la obra de JARR es una cuestión indiscutible. La fuerza de sus mensajes, su mirada profética sobre el devenir del mundo, su análisis mordaz de la realidad ha buscado siempre símbolos que hunden sus raíces en la más firme tradición del arte figurativo, con síntomas religiosos y culturales que abordan la historia misma del civilización occidental. Pero su filtro es contemporáneo, acorde con los medios tecnológicos, de la televisión al cine, con la era digital y, sobre todo, muy consciente de los fundamentos de la modernidad y postmodernidad.
Así, entre los valores esenciales inherentes al arte simbólico de todos los tiempos y la libertad compositiva heredada del arte del siglo XX, JARR irrumpe de nuevo en escena con su pintura irreverente. Irreverente desde muchos frentes: actitud que desde sus inicios hemos valorado como una lucha enfrascada contra ciertos principios afianzados desde las vanguardias, que transgrede de forma insolente. Su formación y su universo pleno de referencias artísticas, como una miscelánea cultural de imágenes en sentido laxo, han actuado sobre él como un espejo roto a recomponer de forma voluntaria, en el que tan sólo la investigación, el estímulo y la imaginación le han orientado a la hora de buscar la posición idónea de las piezas.
Irreverente también ante la incomprensión: su obra ha sido un juego libre entre mensaje, lenguaje y medio, en el que la forma y contenido han vagado a sus anchas en función de su inquietud circunstancial.
Por ello, jamás ha sido cómodo o amable para el espectador: no se lo ha puesto fácil, no. Sus imágenes, sus obras, sus esculturas no han buscado el equilibrio ansiado por la mirada. Es más, la inestabilidad ha sido uno de sus principios creativos, generando obras inquietas, tensas, que provocan el mismo efecto que tenemos al descubrir cierta distorsión o anomalía en el rostro de un cuerpo escultural. Esa tiesura, ese choque tan ansiado por la estética elaborada en el feísmo, ha sido otro de sus principales recursos expresivos, y que ahora toma fuerza, en sorprendente expansión, recreándose en una nueva tendencia de brutalismo.
Ese ángel de perversa cara que ha ido pululando en su poética como un doble yo, y que ha disfrazado de timidez sus pasiones más inconfesables a lo largo de su trayectoria, en esta nueva etapa desata su ira. Ira contra la falsedad, las dobleces, las contenciones, los miramientos, las dobles morales, los mandamientos, los dogmas y los falsos axiomas de nuestra cultura de lo políticamente correcto. Y así, con la fuerza que da al infiel reconocer su propio pecado, se asienta con seguridad sobre su obra, consciente de la naturaleza heterogénea de su creación y de los recursos provocativos de su lenguaje que bebe en el deseo y desenfreno oculto de cada una de sus imágenes, definidas como nuevas estampas obscenas de una temible realidad.
Se acabaron las contemplaciones y las posturas indecisas. La radicalidad en la forma, concepto y significación dirige todo el proceso de Dolor o Placer. No hay más vuelta de hoja que asumir la verdadera naturaleza de nuestras pulsiones, aquellas que en lo más hondo de nuestra psique dirigen nuestro comportamiento, en ocasiones tan deshumanizado y anti-animal. Sus composiciones son sexuales, duras y, a veces, hirientes, porque no puede hablar de dulzura ante los problemas que asolan el mundo y que, en su misión de cronista de la realidad, se ve obligado a expresar o denunciar de forma radicalmente plástica.
Pero, no sólo son bruscos y sexuales sus temas, sino también sus procesos, sus materiales, sus mecanismos de creación y sus herramientas. El tratamiento plástico de la imagen a través del pincel se ha vuelto eminentemente activo ya que ahora se implica en el acto de coser, de tejer, de pegar y soldar sobre la superficie de la obra. En ella el artista se adentra físicamente, atravesando sus lienzos mediante objetos que se fijan a la piel de lascivas mujeres y húmedos amantes. Mil objetos de deshecho, abandonados por el hombre, a causa de su ineficacia utilitaria, se deciden en masa a invadir los rostros de sus figuras fornicadoras, a penetrar sus cuerpos, a violar la inmaculada concepción de sus formas pictóricas. Se adhieren al lienzo como una maraña que enquista la belleza exquisita de la pintura, venerada a lo largo de la Historia. Es un acto de rebelión contra el status quo que tapiza de objetualidad las escenas, cosificando su existencia, como castigo metafísico y metafórico al desdén y a la insolencia.
Así de brutal concibe JARR sus obras, inclasificables como piezas inéditas en su forma y abiertas a un arduo ejercicio de significaciones, de lecturas simbólicas en las que el autor, sin ningún afán aleccionador, nos hace su peculiar guiño profético, que se recrea en el juego libre de identificaciones entre el sexo y la catástrofe.
Pero ese otro lado obsceno de la vida no surge de forma inesperada. Toda su evolución temática y formal ha mantenido una especial coherencia, únicamente supeditada a su afán creativo. Sólo por su insaciable sed de investigación, por su lucha empecinada por ser, JARR merece ya una atención especial. Su obra, desde la más bella bailarina de su inicial Pas-à-quatre a la más incómoda meretriz de Dolor o Placer, ha sido producto de trabajo, de estudio, de incomprensión, de soledades entre multitudes, de lucha. Por ello, su mundo es tan personal y a la vez tan apasionante, del que uno se contagia al cruzar el umbral de su taller. Allí viven en su hábitat casi místico cada uno de los elementos, de las figuras y de los múltiples objetos que hoy vemos como parte inexorable de una compleja pieza artística. Son fragmentos de una poesía casi poliédrica que juega con la insinuación de las formas para elaborar su peculiar métrica. Y así, Jarr construye y deconstruye su obra, a partir de las lecciones objetuales de Douchamp o Rauschenberg, de la gestualidad de los pintores expresionistas, de los recursos de la pintura narrativa, y todo sin homenajes ni deudas.
Ese compendio de artificios encuentra en este proyecto su idónea combinación, su apuesta más decisiva por un lenguaje elaborado que oculta mensajes, proponiéndonos un ejercicio de análisis que trasciende la mera contemplación estética. De nuevo exige en el espectador: lo sitúa en una posición crucial en el proceso. Debemos mirar con la misma morbosidad que desprenden sus escenas para descubrir a sus personajes en plena acción impúdica, ocultos entre la red tejida de objetos, cómplices de su desenfreno carnal. Es entonces cuando quedamos atrapados nosotros también en la maraña de dolor y placer, de la que somos partícipes en cuerpo y alma.
Alejandro Villar Torres
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