El perverso atractivo
a Pablo Ziegler
Ella intenta mil trucos, malabares, fuegos de artificio,
sin conseguir ocultarla detrás de tanto y tanto.
Aterida, negada, a la intemperie, vestida apenas
con su miedo impúdico: está la otra, ella.
La que consiguió retener, solo a momentos,
unos pocos abalorios de colores,
algunos cánticos blancos e inocentes,
y las cenizas ya frías de un estallar de estrellas.
Y como un barco ciego que navega sin brújula
hacia puertos sin nombre, no ella, sino la otra,
busca a tientas, con la piel en sangre hasta los codos,
el perverso atractivo de un naufragio.
Repeticiones
Gira el tiempo cumpliendo su rodar recurrente.
En la constante de sus repeticiones,
busca siempre la analogía entre lo vivido
y la apremiante respiración del hoy insoslayable.
Las imágenes danzan en su persistencia por renacer.
Reconstruimos cada instante, sobre la
sombra de la mímesis a la que estamos condenados.
Quién se atreve a no creer
que el recuerdo burla la sinrazón de las negaciones.
En cada cambio de piel cumplimos con el rito repetido,
hasta desafiar el infinito.
Siempre se salva un niño
Un odio definitivo y sólido
arrastra los resabios temblorosos
de la pequeña última muerte.
Sarcófago inventado donde
la nada se arrebuja en los rincones.
Batalla devenida como toda batalla,
sin precisar la chispa que la engendra.
Turbio lastre de la frustración
moviendo personajes contrahechos,
mientras los hilos se mezclan y confunden.
¿Dónde se apaga el odio?
¿En cántaros de cobalto?
¿En caminos de espuma donde perder su huella?
Las palabras borran un rostro
entre la niebla espesa del futuro,
y las manos intentan
destruir lo abominado, el sinsentido.
Cuando se aquieta el derrumbe,
entre los escombros,
siempre se salva un niño.
Herodes
Masticar rosas, creo, es buena práctica,
mientras en el mundo la sangre se convierte
en río hirviente.
Delirante, un payaso vomita odio y desenfreno,
sentado en su trono estrafalario.
No hay abalorio que distraiga sus manías.
Persiste voraz ,
ordena muerte,
su triste poder de historia inolvidable.
Herodes, mirando al nuevo líder del horror
y la sangre,
se ha tornado
un niño
balbuceante.
Sin latir sin calor sin
de la noche llegó
la mentira dentro de un abrigo gris
con fauces abiertas en el lugar de la flor
alientaba el aliento en pequeños
pétalos de vapor
la mentira
hacía trepar hasta los dedos helados de los árboles
su rítmico respiro
en la noche enfundada en un gris de grises
con fieras en la solapa
cepos feroces clip clap de dientes
amenazantes
peor amenaza la mentira mi propio
lado izquierdo -dije yo -que las fieras
de opereta para las que
tecleo sobre baldosas sueltas
esta mi música sorprendida
en arpegios de dolor mis pasos
la noche fría de fríos dedos sin savia
recibió a la mentira sin latir
sin luna sin estrellas
solo mentira solo noche sin sangre
sin calor sin magia
la mentira no late no calienta
no lleva estrellas ni luna
no tiene sangre
la mentira muere de mismo morir
y mientras muere también mata
Unidos donde los pasos
… dejan huellas y nacen rosas.
Rosas de sangre y agua,
agua y sangre.
Somos lo posible
convertido en goce.
¿De donde viniste,
peregrino del dolor
encendiendo esta nueva luz
que nos contiene?
Llegaste a mi verso desde el vacío,
interrogante feroz,
gimiendo preguntas entre tinieblas,
más allá de la nada silenciosa.
Y este cuerpo
reconstruido ahora por tus manos,
se resuelve en una flor húmeda,
que estremecida tiembla sobre tu pecho.
La música de un clave suena a Vivaldi
en gloria de miradas.
Ponte dei greci.
Murmuran las góndolas
en la noche bruja,
oscura de oropeles y adioses.
Momento en que la piel se busca,
más allá del hartazgo (solo temblor).
Lo incierto asecha lejos,
tal vez como un rugir de condenas.
Y donde un mapa señalado espera,
seremos fusión furtiva,
dioses o esclavos
en este ir y venir dentro del tiempo.