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Artes plásticas

El dibujo como pensamiento de la mano: una lectura

El dibujo no es la antesala del cuadro: es una práctica autónoma. Lectura de la tradición moderna y las voces latinoamericanas que la sostienen.

· Redacción Enfocarte

Composición pictórica en tonos vino y crema: una hoja de papel laid vista de canto, una barra de carboncillo en diagonal, huellas de grafito y el contorno tenue de un estudio de figura inacabado.
Composición pictórica en tonos vino y crema: una hoja de papel laid vista de canto, una barra de carboncillo en diagonal, huellas de grafito y el contorno tenue de un estudio de figura inacabado.

Durante buena parte del siglo XX, el dibujo fue tratado por la crítica como una práctica subalterna: el boceto del cuadro, la maqueta de la escultura, el cuaderno preparatorio del arquitecto. Esa jerarquía, heredada de la academia decimonónica, dejó al dibujo en el lugar del trabajo previo, del estudio, del «aún no» de otra obra. Una parte importante de la investigación reciente —desde Catherine de Zegher en el MoMA hasta Estrella de Diego en España— ha hecho lo contrario: defender el dibujo como práctica autónoma y, en muchos casos, como el lugar donde más arriesga un artista.

Mano, ojo, papel

El argumento es viejo y sigue siendo útil. El dibujo, en su variante más despojada —lápiz, carboncillo, tinta, papel—, expone con una nitidez que ningún otro medio iguala el modo en que una mano piensa. Cada trazo conserva la huella del tiempo en que fue hecho: presión, titubeo, corrección, vuelta atrás. La pintura puede ocultar sus capas; la escultura puede pulir su superficie; el dibujo lleva el archivo del proceso pegado a la página.

Esa transparencia no es un defecto: es la condición misma del medio. Por eso, escritores y teóricos que han querido pensar la idea de gesto —desde Henri Focillon en Vie des formes (1934) hasta Tim Ingold en Lines: A Brief History (2007)— han vuelto una y otra vez al dibujo. No al cuadro: al apunte, al esquema, al margen.

Una tradición moderna

En la genealogía moderna del dibujo se citan habitualmente los cuadernos de Paul Klee, las series de Henri Matisse en torno a la línea, los dibujos automáticos del surrealismo y, más tarde, las grandes hojas de carbón de Joseph Beuys o las superficies trabajadas con grafito de Cy Twombly. A esa lista habría que añadir —y esto es algo en lo que la crítica angloeuropea ha tardado en ponerse al día— las contribuciones latinoamericanas: los dibujos políticos de Antonio Berni, la escritura visual de León Ferrari, los cuadernos íntimos de Frida Kahlo, los dibujos serializados de Eduardo Stupía y la obra extensa de colección permanente del MALBA en Buenos Aires, que dedica varias salas al dibujo del cono sur.

El dibujo latinoamericano del siglo XX se distingue, entre otras cosas, por su disposición a contaminarse de palabra. Ferrari es el caso límite —escribió cartas y manuscritos que son a la vez dibujos— pero la tendencia atraviesa a Cecilia Vicuña, a Marcelo Pombo y a buena parte de la producción de las décadas de 1960 y 1970. La hipótesis de fondo, no siempre explícita, es que el dibujo permite operar sobre el plano de la escritura sin las restricciones del libro: una libertad que la pintura, ya pesada de tradición, no ofrecía.

El dibujo como crítica

Una corriente significativa de la práctica contemporánea entiende el dibujo como instrumento crítico. William Kentridge, en Sudáfrica, construyó toda una obra sobre el carbón y la goma de borrar como medio para fijar y borrar la memoria del apartheid. En Argentina, el draftsman Pablo Garat (Buenos Aires, 1965) trabajó durante los años noventa y dos mil una línea sostenida de dibujos en grafito y carboncillo que indagaba en la representación del cuerpo y sus límites, exhibida en muestras colectivas en Buenos Aires (Centro Cultural Recoleta, Fundación Klemm) y en otras ciudades del cono sur.

El interés de estos proyectos no está en su filiación estilística sino en el uso del dibujo como modo de pensamiento. Kentridge filma el papel mientras se transforma: la obra final es una película, pero la materia es siempre la hoja. Garat insiste en formatos medianos, donde el espectador debe acercarse a la página para ver, y en una factura deliberadamente lenta. En ambos casos, el dibujo no ilustra una idea previa: la produce.

Por qué importa releerlo hoy

El siglo XXI ha amplificado la pregunta. La imagen generada por software —y, más recientemente, por modelos estadísticos— compite cuantitativamente con cualquier producción manual. Es probable que un humano no pueda dibujar tan rápido como una máquina. Lo que sí puede, y lo que la máquina por ahora no, es titubear: borrar, volver, dudar, dejar el fragmento sin terminar. El dibujo conserva intacta esa virtud que se ha vuelto, por defecto, una rareza: la huella visible del tiempo en que la mano pensó.

Eso no convierte al dibujo en refugio sentimental. Lo convierte, más bien, en un campo donde todavía se puede ver, con cierta claridad, cómo se construye una imagen. Quien quiera aprender a leerlas —no solo a producirlas— probablemente encuentre en una hoja de Stupía o de Kentridge una pedagogía más útil que en buena parte de la producción pictórica reciente.

Para seguir leyendo

  • Catherine de Zegher (ed.), The Stage of Drawing: Gesture and Act, The Drawing Center / Tate, 2003 — ficha en The Drawing Center.
  • Tim Ingold, Lines: A Brief History, Routledge, 2007 (ISBN 978-0-415-42426-4).
  • MALBA (Buenos Aires) — colección permanente, sala de dibujo del cono sur.
  • MoMA — obras en la categoría Drawings & Prints (búsqueda abierta).
  • Hans Belting, Antropología de la imagen, Katz, 2007 — desarrollo del concepto de huella visual.

Preguntas frecuentes

Sobre esta lectura

¿Por qué considerar al dibujo una práctica autónoma y no preparatoria?
La crítica heredada de la academia decimonónica trataba el dibujo como el «aún no» de otra obra: el boceto del cuadro o el estudio de la escultura. La investigación reciente —desde Catherine de Zegher en el MoMA hasta Estrella de Diego en España— ha mostrado que muchos artistas modernos (Klee, Twombly, Tàpies, Louise Bourgeois) trabajaron el dibujo como destino, no como tránsito hacia otro medio.
¿Qué exposiciones recientes marcaron el cambio de mirada?
La serie de muestras de The Drawing Center en Nueva York (fundado en 1977) y la exposición «3 X Abstraction» comisariada por Catherine de Zegher para el MoMA en 2005 son referencias habituales. En el ámbito hispánico, las muestras del Museo Reina Sofía sobre el dibujo de Eva Hesse y de Antoni Tàpies fijaron un marco curatorial para la lectura.
¿Hay una tradición específica del dibujo latinoamericano?
Sí, aunque está poco institucionalizada. La obra gráfica de José Luis Cuevas, la línea austera de Fernando de Szyszlo, los cuadernos de Mira Schendel —brasileña de origen suizo— y el trabajo de Liliana Porter conforman una constelación reconocible: el dibujo como práctica reflexiva sobre el lenguaje, no como anotación de la pintura.
¿Dónde se pueden ver originales con acceso público?
En España, el Museo del Prado y el Museo Reina Sofía mantienen fondos consultables previa cita en sus departamentos de obra gráfica. En América Latina, el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires y la Pinacoteca de São Paulo conservan colecciones relevantes. The Drawing Center de Nueva York permite acceso al archivo de muestras anteriores en línea.